En República Dominicana hablar de pobreza siempre ha sido un ejercicio cómodo para los gobiernos, para los tecnócratas y para los organismos internacionales. Es un tema maleable, moldeable, útil. Un tema que se manipula con estadísticas vistosas, con discursos bien redactados y con promesas que no exigen rendición de cuentas. Pero hablar de los pobres que el propio Estado ha creado y sigue creando sistemáticamente es otra historia. Eso no se toca, no se discute y mucho menos se admite. Y es precisamente ahí donde este texto decide entrar sin miedo.
Eric Hoffer, en El Fanático Sincero, describió con crudeza las capas humanas que sostienen los movimientos sociales: los desposeídos, los olvidados, los resentidos, los descartados, los pobres que nadie entiende pero que todos necesitan. Hoffer no escribió sobre República Dominicana, pero lo hizo sin saberlo. Porque aquí también existe ese ecosistema de pobres: los tradicionales, sí, pero también los nuevos pobres, los adyacentes pobres, los pobres libres, los pobres creadores, los pobres unificadores. Y todos ellos tienen algo en común: son productos directos de políticas públicas improvisadas, fragmentadas, electoralizadas y profundamente irresponsables.
La pobreza dominicana no es un accidente: es una fabricación histórica. Se ha producido por omisión, por negligencia, por indiferencia y, en ocasiones, por conveniencia política. Un país que genera pobres con tanta facilidad y que presume avances basados en modelos estadísticos maquillados, no en transformaciones reales, es un país que no está enfrentando un problema: lo está administrando. Ya ni siquiera se trata de “reducir pobreza en PowerPoint”; esa etapa quedó atrás. Hoy se utilizan técnicas más sofisticadas: algoritmos que corrigen tendencias, modelos predictivos que suavizan la caída, e incluso inteligencia artificial para darle estructura académica a números que no cuentan historias verdaderas. Se han convertido los indicadores en un laboratorio técnico donde la realidad se ajusta a conveniencia. La pobreza se manipula como un dato y no como una vida. Mientras tanto, los pobres reales siguen viviendo en el país que las estadísticas maquilladas no muestran.
Cuando se habla de “nuevos pobres”, la palabra suena elegante, casi técnica. Pero detrás de ese concepto lo que hay es la caída silenciosa de miles de familias que durante años sostuvieron una frágil clase media. Hoy, esas mismas familias viven en una cuerda floja económica que un gasto imprevisto —una medicina, una reparación, una matrícula— puede romper sin contemplación. ¿Y qué hace el Estado? Presenta “programas focalizados”, “mecanismos de subsidio” y “transferencias estratégicas” que, en el mejor de los casos, sirven para sobrevivir una semana. Y en el peor, para sostener un voto.
Los “adyacentes pobres” son otro invento del modelo dominicano. Gente que no clasifica como pobre según el índice, pero que en la realidad vive como pobre funcional. Son dominicanos sin seguro, sin acceso real al crédito, sin estabilidad laboral, sin un peso ahorrado, sin protección ante el mercado. Son pobres no declarados, pobres técnicamente invisibles. Pobres que el sistema prefiere mantener ahí, en silencio, para no alterar sus indicadores de “avance social”.
Los “pobres libres” y los “pobres creadores”, esos que inventan negocios sin capital, que resuelven, que sobreviven con creatividad, que suplen vacíos del mercado, también son hijos de un Estado que nunca les ofreció una estructura económica real. Lo que hoy llamamos informalidad no es emprendimiento: es supervivencia en condiciones de marginación. Pero al país le encanta aplaudirla porque da una falsa sensación de “dinamismo económico”. Dinamismo, sí, pero de pura necesidad.
Y están los “pobres unificadores”, los líderes barriales que sostienen comunidades enteras, que hacen el trabajo del Estado sin presupuesto, sin herramientas y sin reconocimiento oficial. Si ellos fallan, falla el barrio completo. Y aun así, siguen siendo una estadística secundaria en los informes institucionales, a pesar de ser los verdaderos amortiguadores sociales del país.
La pregunta que ningún gobierno quiere responder es: ¿cuántos pobres hemos creado con nuestras propias políticas? Porque aquí los pobres no solo nacen: se fabrican. Se fabrican cuando se improvisa. Se fabrican cuando se politizan los servicios sociales. Se fabrican cuando se anuncian soluciones que nunca llegan. Se fabrican cuando se promete “desarrollo territorial” sin invertir un centavo en el territorio. Se fabrican cuando la educación falla, cuando la salud excluye, cuando la vivienda es inaccesible, cuando el trabajo digno se convierte en privilegio. Y se fabrican, sobre todo, cuando se instala la cultura de la dádiva.
La dádiva es una droga política. Adormece. Conviene. Fideliza. Controla. Crea la ilusión de ayuda mientras perpetúa la vulnerabilidad. Los bonos, los subsidios improvisados, las transferencias puntuales, las tarjetas, no son políticas de desarrollo: son mecanismos de contención social. ¿Útiles? Sí. ¿Transformadores? No. El pobre real no necesita una tarjeta: necesita un sistema.
El problema de fondo es que la pobreza dominicana ha sido tratada como una escenografía política. Un escenario que se activa en elecciones, que se menciona en discursos, que se manipula en campañas, que se contabiliza en informes. Pero cuando llega la hora de transformar, de verdad, las condiciones que la generan, ahí el silencio es absoluto.
Y no se trata de negar los avances que el país ha tenido. Se trata de decir la verdad: los avances no han cambiado la estructura que reproduce pobreza. No han roto el ciclo generacional. No han democratizado el acceso a oportunidades reales. No han creado una economía que incluya a todos. Lo que han hecho es mejorar la estética de los indicadores, no la vida del dominicano vulnerable.
Por eso este artículo necesita ser político, no partidista. Porque la pobreza dominicana dejó de ser un fenómeno social: se convirtió en un fenómeno institucional. Y cuando las instituciones fallan, la pobreza se multiplica.
Llegó el momento de que el país entienda que el principal enemigo no es el pobre, sino el sistema que lo administra. No es el beneficiario, sino el modelo que lo convierte en beneficiario permanente. No es la carencia, sino la indiferencia. No es las débiles capacidades del individuo, sino las débiles estructuras del Estado.
Y si queremos dejar de fabricar pobres, primero debemos atrevernos a mirar de frente el fracaso acumulado de nuestras políticas públicas. Un fracaso que ningún gobierno, de ningún color, ha querido admitir. Un fracaso que nos está costando generaciones. Un fracaso que está definiendo el país que heredarán nuestros hijos.
Cuando dejemos de administrar pobreza y empecemos a construir dignidad —no con bonos, sino con oportunidades reales— podremos decir que iniciamos la verdadera transformación. Hasta entonces, lo único que estaremos produciendo, año tras año, son pobres con nuevos nombres y viejas historias.
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ARTÍCULO 1/12 Colección: Territorio y Nación – Ensayos sobre Desarrollo Municipal, Político y Social