La pobreza cultural es la pobreza que no tiene rostro, pero tiene sombra. Es la que no se mide, pero se hereda. Es la que no se siente en los bolsillos, pero se siente en la vida entera. República Dominicana no comenzó a empobrecerse culturalmente cuando perdió tradiciones, sino cuando dejó de entender que la cultura es el hogar espiritual del pueblo. La identidad nacional no desaparece de golpe: se erosiona por dentro, lentamente, hasta que un día, sin darnos cuenta, el país existe, pero ya no se reconoce.
La pobreza cultural dominicana tiene raíces silenciosas. Es la pobreza que se transmite sin necesidad de palabras. Mi padre fue pobre. Mi madre fue pobre. Yo crecí mirando la pobreza como si fuera parte natural de la vida. Pero la pobreza cultural es más profunda que la pobreza económica: es el conjunto de ideas, miedos, hábitos, creencias y limitaciones que se repiten
generación tras generación sin ser cuestionadas.
“Como vivieron ellos, vivo yo. Como pensaron ellos, pienso yo.”
Ese círculo de herencia emocional es una condena invisible.
La cultura es la forma en que un pueblo se interpreta a sí mismo. Pero cuando esa interpretación se rompe, cuando el país deja de contarse su propia historia, los individuos quedan desorientados. Crecen sin un relato que los explique. Sin una identidad que los sostenga. Sin una brújula simbólica que les diga quiénes son. Y en esa orfandad cultural, la mente busca refugio en lo que ve afuera, aunque no le pertenezca.
La transculturación no entra por curiosidad: entra por vacío.
UNESCO advirtió en 2020 que: “Un país que no preserva su identidad, no preserva su capacidad de imaginar futuro.”
Y eso es exactamente lo que ocurre aquí.
Sin identidad sólida, la imaginación nacional se paraliza.
Un país que no imagina, no crea.
Un país que no crea, no crece.
La transculturación dominicana no es el intercambio normal de la globalización: es una sustitución simbólica agresiva. Hemos pasado de mezclar culturas a reemplazar la nuestra. De dialogar con el mundo a imitarlo. De aprender de otros a copiarlos. La modernidad entró por la puerta correcta, pero la identidad salió por la ventana.
Una cultura fuerte absorbe influencias.
Una cultura débil desaparece bajo ellas.
El desplazamiento cultural ocurre cuando lo ajeno ocupa los espacios que lo propio dejó vacíos. Palabras que se pierden. Ritmos que se sustituyen. Estéticas que se imitan. Modas que se importan sin reflexión. Valores que se reemplazan por tendencias sin estructura. La República Dominicana se está quedando sin su propio relato, porque adoptó el relato de otros como si fuera superior por defecto.
Este fenómeno produce un tipo particular de pobreza:
la procrastinación cultural.
La sociedad se acostumbra a consumir cultura ajena antes que producir la propia.
La creatividad se aplaza. El talento se esconde.
La identidad se arrincona.
Y el país deja de generar arte, pensamiento, filosofía, estética y símbolos que nacen de su interior.
El dominicano, empobrecido culturalmente, se apega a lo que hace la mayoría. No porque sea lo correcto, sino porque es lo conocido. En ausencia de identidad sólida, las masas sustituyen la cultura. Y el individuo, que debería construir su criterio, termina repitiendo lo que ve, aunque eso lo destruya.
La cultura del rebaño sustituye la cultura nacional.
Este fenómeno produce una tragedia silenciosa: incluso cuando una persona pobre culturalmente accede a recursos económicos, sigue siendo pobre por dentro. Cambia de ropa, pero no de mentalidad. Cambia de estatus, pero no de valores. Cambia de barrio, pero no de conciencia. Esa pobreza interna no se cura con dinero, porque no es económica: es simbólica.
La pobreza cultural deja cuerpos con recursos, pero almas sin dirección.
La música, que debería ser vehículo de identidad, se convierte en fábrica de deshumanización. Se celebran valores que destruyen, no que construyen. Se normaliza la violencia, la vulgaridad, la cosificación, la ostentación tóxica, la mentalidad criminal y la pobreza espiritual.
La cultura dejó de elevar; ahora distrae.
Dejó de construir; ahora anestesia.
Dejó de inspirar; ahora degrada.
El lenguaje también se empobrece. El vocabulario se reduce. La argumentación desaparece. Las palabras pierden belleza y profundidad. La lengua, que es el hogar del pensamiento, se deteriora como si no importara que con ella se construyen las ideas. Cuando un país pierde su lenguaje, pierde su pensamiento.
Y cuando pierde su pensamiento, pierde su libertad.
La política es una víctima y una causa. Una población pobre culturalmente es más fácil de manipular, más fácil de dividir, más fácil de dirigir hacia el conflicto. Falta criterio. Falta visión. Falta sentido histórico. Falta autoestima nacional. Falta orgullo de pertenencia.
Un ciudadano sin cultura no puede defenderse de un político sin escrúpulos.
La economía también sufre. Ningún país sin cultura sólida puede generar industrias creativas fuertes, porque no tiene qué exportar simbólicamente. No puede posicionarse globalmente como una potencia estética, porque no sabe cómo narrarse. No puede aprovechar el turismo cultural, porque no construye cultura, solo la exhibe.
La pobreza cultural mata oportunidades económicas.
Las nuevas generaciones están creciendo en un vacío identitario alarmante. Conocen más símbolos ajenos que propios. Hablan más desde afuera que desde adentro. Piensan más en tendencias que en raíces. Una generación sin identidad es una generación sin destino.
Y un país sin destino es un país que camina sin saber hacia dónde.
La pobreza cultural no destruye lo que tienes: destruye lo que eres.
No duele en el bolsillo: duele en la existencia.
No quita posesiones: quita raíces.
No impide vivir: impide reconocerse.
La pobreza económica te limita.
La pobreza educativa te confunde.
La pobreza emocional te rompe.
Pero la pobreza cultural te disuelve.
Y cuando una nación se disuelve, no muere de golpe:
se evapora lentamente, hasta que queda un país que existe,
pero ya no pertenece a sí mismo.
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Articulo 11/12 Colección: Territorio y Nación – Ensayos sobre Desarrollo Municipal, Político y Social.