¿Quién mató el cambio en tu ayuntamiento?

Un recorrido por los pasillos donde el cambio fue ignorado, saboteado y finalmente asesinado por quienes debían protegerlo.

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El cambio no murió solo. Tampoco fue un accidente. Fue asesinado a sangre fría, con premeditación, ventaja y hasta con complicidad silenciosa. Y no, no fue fuera del ayuntamiento. Fue dentro. En horario laboral. En tu oficina. En la mía. En la de todos.

Llegó con entusiasmo, con planes bien elaborados, con propuestas para mejorar la gestión, con cronogramas, metas y una necesidad genuina de modernizar lo que llevaba años en estado de abandono. Pero no encontró receptividad. Apenas cruzó la puerta, lo recibieron con una sonrisa hipócrita, una silla incómoda y un “déjalo ahí, nosotros te llamamos”. El cambio no fue rechazado de frente. Fue traicionado por la espalda.

Lo mataron las reuniones eternas sin decisiones. Las actas que nunca se leen. Las órdenes verbales que contradicen lo planificado. Los informes que se hacen “a vapor” el día antes de una visita ministerial. Lo asfixió la cultura del “resuélvelo tú”, la política del “eso siempre se ha hecho así” y la complicidad de los que prefieren que nada cambie, con tal de no perder sus privilegios.

Y fue en una de esas reuniones internas —esas que nunca quedan fielmente reflejadas en un acta— donde el cambio recibió una de sus estocadas más profundas. Allí, mientras se discutía el presupuesto participativo, comenzaron a surgir las frases que revelan la verdadera enfermedad institucional:
que “en otras gestiones se hacía así”, que “antes había un técnico que resolvía”, que “ese pago se saca por otra vía”, que “la orden de compra se puede pasar para que dividan los materiales después”, que “usemos el modelo del otro ayuntamiento”, que “esa información pública no conviene entregarla”, que “hay que hacer esto sin que nadie se entere”, que “el alcalde no ayuda porque tiene otro síndico al lado”, que “un amigo tiene un amigo que resuelve cómodo”, que “con ese puesto tú podrías lograr más si te alineas”, que “hay que bloquear a la vicealcaldesa”, que “si no dan la dieta no se aprueba nada”, que “si tú, que eres de la oposición, hablas en los medios, quizá él suelta algo”, que “para ese pago no hace falta procedimiento”, que “no le busques empleo afuera, mejor que se quede aquí”.

En ese ambiente, el cambio intentó hablar, pero cada frase lo golpeaba más. Y como si la escena necesitara un cierre trágico, el contralor entró con una carpeta en la mano y le susurró al alcalde que se aproximaba una auditoría completa. Bastó esa palabra para que todos se levantaran de golpe a “organizar”, a “poner en orden”, a corregir tarde lo que nunca se quiso corregir a tiempo. El cambio quedó solo en la sala, agonizando bajo la mesa mientras el ruido del pánico administrativo llenaba los pasillos.

Cuando todos salieron, el alcalde se quedó frente al presupuesto, mirando los compromisos que había permitido y los documentos que nunca revisó. Y al bajar la mirada, comprendió una verdad incómoda: el arma que mató al cambio estaba en sus manos. No era metálica ni tenía pólvora; era la firma que puso sin preguntar, la permisividad frente a lo incorrecto, el silencio ante lo evidente, la omisión disfrazada de prudencia, la costumbre de dejar pasar, el temor a incomodar. El cambio no murió ese día. Ya venía muriendo desde el principio. Solo que en esa reunión —y en ese instante de lucidez tardía— el alcalde finalmente lo vio.

En el camino también apareció el vocero institucional del atraso, ese empleado que nunca falla en su rol no oficial de espía de pasillo. Aquel que cuando ve llegar al alcalde corre a avisar a los demás:
—“¡Está cerca! ¡No llegues todavía!”
O que cuando se entera de que la vicealcaldesa hará una inspección, susurra por WhatsApp:
—“Desde que ella llegue, agarra una escoba y ponte a hacer algo.”
Y si el tesorero está por pasar, se ofrece a imprimirte la cédula, ayudarte con la carta, o sacarte una copia para “resolverte rápido”.

Ese tipo de servidor público es quizás el más peligroso. No solo mata el cambio: lo prostituye, lo manipula, lo caricaturiza. Porque su objetivo no es servir al municipio, sino sobrevivir en el cargo. Y en esa sobrevivencia, pisotea los valores institucionales y sabotea el trabajo de quienes sí quieren transformar.

En casi todos los departamentos hay un cuerpo escondido:

En Planificación, el cambio murió cuando los POA se volvieron rituales burocráticos, los diagnósticos se repitieron sin corregir nada y los planes se aprobaron sin seguimiento.
En Compras, lo mató la improvisación de último minuto, las órdenes orales, la ausencia de comparación técnica y las decisiones ya tomadas antes de hacer el proceso.
En Tesorería, murió entre pagos retrasados, documentos engavetados y prioridades financieras cambiadas a conveniencia.
En Recursos Humanos, lo ejecutaron con cada contratación por padrinazgo, cada evaluación sin consecuencia y cada ascenso sin mérito.
En Aseo Urbano, se lo llevó el desorden de las rutas, la ausencia de indicadores, el camión que no sirve y la basura que vuelve.
En Obras Públicas, lo sepultaron con los picazos sin planificación, las aceras mal hechas, los canales abiertos por capricho y las obras que empiezan sin presupuesto asignado.
En Cementerio, murió con los nichos sin control, la falta de registros y el descuido visible en un lugar que, aunque representa la memoria de un pueblo, no tiene ni quién barra la entrada.
En Transporte, el cambio se desvaneció en medio de vehículos sin bitácora, combustibles sin control y rutas sin lógica.
En Juventud, lo mandaron a callar con torneos aislados, camisetas impresas y ninguna política real.
En Niñez, se le ignoró mientras se hacían actividades simbólicas sin impacto, sin seguimiento, sin protección real.

Y mientras todo eso pasaba, el alcalde —ese que invitó al cambio en campaña— estaba ocupado dando picazos, inaugurando bancas o firmando documentos que no leyó. A veces, rodeado por los mismos que le prometieron trabajo técnico y ético, pero que luego prefirieron callar para no incomodar.

El cambio murió porque en los gobiernos locales se planifica poco y se improvisa mucho. Porque se responde más al celular del político que al llamado de la ley. Porque hay empleados que no leen ni los manuales que firmaron, y otros que creen que una memoria institucional es una simple historia de Instagram.

Murió porque hay encargados que nunca lideran, directores que no conocen su propio reglamento interno y regidores que levantan la mano sin saber lo que votan. Porque hay más interés en las luces de la fiesta patronal que en el plan de ordenamiento territorial. Más prisa en conseguir una comisión que en ejecutar una obra bien hecha.

Murió también por omisión. Porque hay técnicos valiosos que, cansados, decidieron dejar de pelear. Porque el que siempre trabaja termina cargando con lo de todos, mientras los otros solo miran el reloj.

Y entre las áreas que más ruido hacen y menos eco dejan, hay que detenerse también en la unidad de prensa y comunicaciones, que en muchos gobiernos locales parece más una parcela de jornaleros digitales o una pequeña industria textil que una oficina institucional. Allí se concentra un equipo sobredimensionado que cobra como especialista, pero que actúa como replicador de lo obvio: copiar, pegar, reenviar. Todo lo que se puede divulgar sin esfuerzo, lo presentan como un logro. Pero cuando toca documentar con calidad, narrar con coherencia o hacer presencia real en el territorio, desaparecen bajo la sombrilla de la frase mágica: “No me informaron”. Se les olvida que comunicar no es hacer presencia en redes sociales, sino tener presencia institucional donde la ciudadanía lo necesita. El cambio también murió allí, donde la comunicación dejó de ser servicio público y se convirtió en utilería propagandística.

Pero sobre todo, murió por algo que no se enseña en ninguna inducción: la pérdida del compromiso ético. Porque cuando se normaliza la cultura del favor, de la llamada por detrás, de la visita al despacho para “resolver algo”, ya no hay estructura institucional que aguante. Lo correcto se vuelve opcional. Y lo institucional se convierte en decorado.

Y sin embargo, hay esperanza.

Porque todavía existen agentes del cambio. A veces agotados, a veces invisibles, pero firmes. El verdadero cambio no viene solo de un plan. Viene de una actitud. De una decisión. De un liderazgo que no le tema al ruido que hace la limpieza ni a la incomodidad que produce la transformación.

Porque los cambios son esenciales, constantes, pero sobre todo deben manejarse con responsabilidad y equilibrio. Y eso empieza por reconocer a quienes sí trabajan, a quienes sostienen las estructuras que otros abandonan. Es momento de fortalecer las áreas según corresponda, pero más que eso, de reconocer que todo lo que se hace en una institución pública no es para el alcalde, ni para el partido, ni para la foto, sino para ustedes mismos, para la sociedad, para sus hijos, para aquellos que esperan un resultado real a favor de todos.

Por eso, el cambio no está solo en un plan. El cambio está en cada rincón, en cada labor que decidiste realizar con dignidad, aunque tu salario no lo reconozca y aunque el trato no sea justo. Porque tú puedes ser diferente. Porque no se puede seguir matando el cambio en lo público. Porque tú también eres parte de lo público. Y lo que haces —o dejas de hacer— también te define como ciudadano y como servidor.

Y aquí es donde el número uno, el alcalde, debe entender algo esencial:

No siempre se obtienen mejores resultados con las mismas personas.

Si el cambio es real, entonces debe ser visible en los equipos, en los procesos, en la forma de evaluar, en los indicadores, en la gente que se sienta en la mesa de decisiones. El cambio no puede ser dirigido por quienes se benefician del desorden.

Esta verdad aplica para todos los niveles del gobierno local. Desde el alcalde hasta el portero. Desde el director de planeamiento hasta el personal de mantenimiento. Porque si uno solo se descuida, el cambio se atrasa. Y si todos lo ignoran, el cambio se muere.

Epílogo: ¿Y ahora qué?

Este no es un artículo para hacer sentir mal a nadie. Es una invitación a despertar.

A ese servidor público que alguna vez creyó que podía transformar su comunidad.
Al regidor que prometió representar al pueblo.
A la secretaria que ve todo, pero calla.
Al técnico de planificación que aún guarda los documentos en su escritorio.
Y al alcalde, que todavía tiene tiempo de dejar un legado… o una excusa.

El cambio puede resucitar, pero solo si alguien tiene el valor de declarar la verdad:

Aquí, todos somos responsables.

Y tú, que estás leyendo esto…
¿Vas a seguir siendo cómplice?
¿O vas a ser parte del equipo que defienda al cambio con más fuerza que los que lo mataron?

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