LA POBREZA POLÍTICA: EL ORIGEN OCULTO DE TODAS LAS DEMÁS

Cuando la falta de visión del poder condena al país a repetir sus crisis

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La pobreza económica, la pobreza emocional, la pobreza cultural, la pobreza administrativa, la pobreza educativa, la pobreza territorial, la pobreza sanitaria y todas las demás pobrezas que atraviesan la República Dominicana tienen una misma raíz: la pobreza política. No la pobreza de partidos sin recursos, sino la pobreza de visión, de carácter y de convicción que ha definido la política dominicana durante décadas. Es la pobreza que no aparece en las estadísticas, pero se siente en cada escuela sin terminar, en cada carretera improvisada, en cada hospital sin insumos, en cada barrio sin oportunidades, en cada calle sin orden y en cada familia que lucha por una dignidad que el Estado lleva demasiado tiempo prometiendo sin entregar.

La pobreza política es la más peligrosa de todas, porque es la que fabrica las demás en cadena. Un liderazgo pobre produce políticas públicas pobres. Un Congreso pobre en criterio genera leyes débiles, retrasadas o capturadas por intereses. Un gabinete pobre en ética convierte las instituciones en extensiones de campañas perpetuas. Un Estado pobre en planificación crea un país que se mueve sin rumbo, atrapado en ciclos repetidos de improvisación. La pobreza política no solo dirige, sino que define el destino completo de una nación. El país no es pobre porque quiere; el país es pobre porque está dirigido por estructuras que han hecho de la pobreza un método de gobernanza.

El origen de esta pobreza política es tan estructural que ya no sorprende. Se construye en partidos que no forman cuadros institucionales, sino legiones de seguidores; que no producen estadistas, sino operadores; que no promueven méritos, sino lealtades; que no seleccionan capacidades, sino conveniencias. La política dominicana dejó de ser la competencia de ideas para convertirse en la competencia del control. El poder no se gana demostrando visión: se gana demostrando utilidad. Y donde manda la utilidad por encima del proyecto, el resultado es inevitable: estancamiento para la nación y oportunidades solo para quienes circulan cerca del fuego político.

Los medios de comunicación, lejos de cuestionar esta pobreza política, muchas veces la amplifican. Se han convertido en portavoces de la agenda económica de quienes pueden pagar espacios, en amplificadores de medias verdades, en vitrina de logros inflados, en maquila de narrativas diseñadas para maquillar la ineficiencia estatal. La política dominicana no solo administra la pobreza: construye una estética de progreso artificial que se sostiene en titulares pagados, en cifras sin sustento, en informes sin rigor y en una estrategia de comunicación que vende un país que no existe. La pobreza política se reproduce también en las redacciones, cuando se acepta como normal que el Estado invierta más en publicidad que en planificación, más en propaganda que en mantenimiento, más en imagen que en estructura.

La sociedad no es pasiva ante esta pobreza; está atrapada. El ciudadano aprende a desconfiar, porque reconoce que la política lo ha traicionado demasiadas veces. Aprende a no esperar, porque ya entendió que las promesas electorales se evaporan después del conteo. Aprende a sobrevivir por su cuenta, porque sabe que el Estado no llega donde debería, pero sí llega cuando necesita votos. La gente no se aleja de la política porque no le interesa; se aleja porque está cansada de un sistema que la usa como estadística emocional antes de cada elección y la abandona como ruido social al día siguiente.

Esta pobreza política también se expresa en la incapacidad de producir acuerdos nacionales reales. País sin pacto educativo, sin pacto social, sin pacto fiscal, sin pacto territorial, sin pacto sanitario, sin pacto energético. Todo es coyuntural, todo es transaccional, todo es electoral. No hay visión de país porque la política no está interesada en construir destino: está interesada en administrar tiempos. El presente se impone como cárcel, porque ningún gobierno piensa más allá de los cuatro años, y ningún partido concibe perder hoy para ganar en diez. La pobreza política es la renuncia al futuro como proyecto colectivo.

También está en el debilitamiento de las instituciones. Cada cambio de gobierno implica limpiar, cancelar, sustituir, desplazar, borrar, recomenzar. No se evalúan capacidades, no se preserva el conocimiento institucional, no se respetan las carreras administrativas, no se protege al funcionario competente. La inestabilidad no es un defecto: es una herramienta política. Mientras más frágil sea el sistema institucional, más poder tendrá el liderazgo que manipula las piezas. Así, el país avanza a trompicones, sin continuidad, sin memoria, sin acumulación técnica: cada gestión nace desde cero, y un país que siempre empieza nunca llega.

La pobreza política también está en la forma en que se financian las campañas, en cómo se compran voluntades, en cómo se negocian éxitos electorales con recursos que nadie fiscaliza. Es una pobreza que se manifiesta en la dádiva, en el clientelismo, en los pactos oscuros, en los silencios comprados, en los acuerdos empresariales que convierten al Estado en un botín administrado por élites que no arriesgan, sino que apuestan con la seguridad de que siempre ganan. Es una pobreza que nace en reuniones privadas donde se decide más sobre el país que en las sesiones formales del Congreso.

Esta pobreza política destruye algo aún más profundo: la noción de comunidad. La idea de que todos los ciudadanos forman parte de un proyecto común se erosiona cuando la política divide, compra, manipula, enfrenta y reparte. La pobreza política enseña que el otro no es un igual, sino un competidor por recursos escasos, por favores limitados, por oportunidades que dependen de quién esté en el poder. Se transforma la sociedad en un sálvese quien pueda, donde el mérito individual está siempre supeditado al acceso a la estructura política.

Y todo esto desemboca en un resultado final: la República Dominicana vive la mayor contradicción de su historia. Es un país con suficientes recursos para desarrollarse, pero con una política demasiado pobre para lograrlo. Es un país con talento, creatividad, emprendimiento y resiliencia, pero dirigido por estructuras que no saben convertir esas capacidades en crecimiento sostenible. Es un país con ciudadanos que quieren avanzar, pero con una política que administra el avance como si fuera privilegio, no derecho.

La pobreza política no se resuelve con reformas cosméticas ni con discursos renovados. Se resuelve con una transformación profunda del sistema de partidos, con la profesionalización de la administración pública, con la ruptura del modelo clientelar, con la dignificación del trabajo estatal, con la transparencia real del financiamiento político, con la educación cívica rigurosa, con instituciones que no dependan del humor del liderazgo, y con un nuevo pacto nacional que coloque la verdad por encima de la conveniencia.

Porque la verdad es esta: toda pobreza dominicana es consecuencia directa o indirecta de una decisión política. La política está en la raíz del empleo precario, de la falta de vivienda digna, del desorden territorial, de la desigualdad educativa, del sistema de salud enfermo, de la burocracia paralizante, de la ansiedad social, de la corrupción cotidiana, de la desesperación emocional y de la pérdida de horizonte. Cuando la política es pobre, el país entero paga el precio.

La pobreza política es la única que puede destruir a una nación sin destruir sus edificios, sin derrumbar sus carreteras y sin colapsar sus estructuras físicas. Lo hace desde adentro: desde la ética, desde la visión, desde la voluntad. Y esa es la tragedia más grande, porque cuando una nación deja de creer en su política, empieza a dejar de creer en sí misma.

Un país puede recuperarse de una crisis económica, de un huracán, de una caída del turismo, de un shock inflacionario. Pero recuperarse de la pobreza política es infinitamente más complejo, porque no basta con dinero: hace falta carácter. Hace falta liderazgo. Hace falta vergüenza pública. Hace falta un nivel de responsabilidad que durante décadas ha brillado por su ausencia. La pregunta final no es si el país puede cambiar. La pregunta es si la clase política está dispuesta a renunciar a la pobreza que le ha dado poder. Y esa respuesta, hasta ahora, ha sido el silencio más caro que la República Dominicana ha tenido que pagar.

El Debido Proceso RD © 2025 Darlin Tiburcio. Todos los derechos reservados.
Se autoriza la reproducción parcial del texto con fines educativos, institucionales o de divulgación, siempre que se cite correctamente la fuente y el autor Psicosis Nacional: La Pobreza Política.,  Colección: Territorio y Nación – Ensayos sobre Desarrollo Municipal, Político y Social.

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